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P. José Cervantes: “Gracias a Dios por su creación y por la salvación en Cristo”

En oración con el Sínodo de la Amazonía

Una de las intervenciones decisivas de esta semana en el Sínodo de la Amazonía ha sido la del brasileño Carlos Alfonso Nobre, ganador del Premio Nobel de la Paz 2007, climatólogo, uno de los principales expertos en calentamiento global, que ha estado estudiando la Amazonía durante cuarenta años, y ha resumido los temas de un documento creado específicamente para el Sínodo. Él recuerda que la Amazonía es el corazón ecológico del planeta, con una inmensa biodiversidad, y ha denunciado, al igual que la encíclica Laudato Si’, del Papa Francisco, los desastres actuales: “Estamos muy cerca del colapso de la selva amazónica, lo dice la ciencia con absoluto rigor”. Y recordaba que si no existiera el bosque amazónico “el calentamiento global sería aún más rápido y más dramático”. Por ello invitaba a “cambiar nuestra forma de vida y reducir drásticamente la producción de dióxido de carbono”. También el Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), Mons. Sergio Gualberti ha afirmado que “el fenómeno de la globalización de la lógica capitalista ha incidido fuerte y negativamente en la identidad, el modo de vida, el sentido religioso y espiritual de los indígenas amazónicos, hiriendo gravemente el medio ambiente, la biodiversidad y sus fuentes de sustento”.

No nos está permitido acortar la vida en el planeta tierra

A estas alturas del siglo XXI podemos reconocer que en este mundo secularizado, en el cual se vive frecuentemente de espaldas a Dios y como si éste no existiera, hemos perdido el sentido de la trascendencia y, por lo general, no somos capaces de reconocer la presencia del Dios Creador en el origen y desarrollo de la vida. La falta de conciencia conduce a la falta de gratitud y a la falta de responsabilidad sobre la obra creadora de Dios. Y las consecuencias son catastróficas y nos llevan al colapso ecológico por no saber cuidar el hábitat común. Dios es el Creador y Señor de toda vida, pero a nosotros nos toca custodiar la vida humana desde su origen hasta su final natural y estamos llamados a respetarla y cuidarla (Gen 2,15). De la evolución y de la teleología de los seres vivos podemos percibir la bondad de Dios en su creación para hacer de ella una historia de dones. Igual que, según la ley de Dios, no está permitido cortar la vida personal, tampoco nos está permitido acortar su final, e igual que la tierra es don del Creador, que hizo posible la aparición del fenómeno de la vida hace millones de años con la combinación del carbono, tampoco nos está permitido recortar esa misma vida con la superproducción de dióxido de carbono. La vida, desde su origen hasta su final, la vida del individuo y la de la especie humana, es un don, que hemos de agradecer y cuidar. Gracias a Dios por su creación y por la vida que recibimos de Él, que es el Creador.

Gratuidad y universalidad en el mensaje evangélico

Los textos litúrgicos de este domingo, especialmente el del leproso agradecido (Lc 17, 11-19), nos introducen plenamente en dos temas teológicos: el tema de la gratuidad como gran valor de la fe cristiana que nos permite experimentar la salvación también en el aquí y ahora de nuestra historia y el tema de la universalidad de la salvación mediante la ruptura de fronteras realizada por Jesús al mostrar como paradigma de la fe al leproso samaritano. Tanto Pablo como Lucas reflejan el don de la salvación universal y de la nueva vida, por medio de la fe en Jesucristo y en su Evangelio, más allá de cualquier diferencia étnica, social, nacional o lingüística.

El Evangelio es el anuncio de Cristo crucificado

Pablo invita a Timoteo a hacer memoria del gran acontecimiento del Evangelio (2 Tim 5,8-13). El anuncio de Jesucristo, el Señor Resucitado, es el centro de todo el mensaje paulino. En nuestro mundo resuena hoy también la palabra del apóstol, al recordar a todos los cristianos perseguidos en el mundo y a todos los que sufren de una manera u otra. Los creyentes, como Pablo, tenemos que recordar su evangelio, que no es otro que el anuncio de Cristo Resucitado. Utilizando un tiempo verbal que no tenemos en castellano, el participio de perfecto griego, esta carta resalta el estado y el efecto permanente del Resucitado como resultado del acontecimiento de la resurrección de Cristo, un hecho que ya ha ocurrido en la historia y que ha conseguido la salvación para el género humano. Este anuncio es la causa del sufrimiento de Pablo y de su persecución hasta estar en la cárcel, pero él sigue proclamando con una fuerza extraordinaria que la palabra de Dios no está encadenada, y por medio de esa palabra se accede a la salvación conseguida ya por Cristo.

La palabra comunica la presencia del Resucitado

En el mes misionero de la Iglesia, con la próxima celebración del Domund, los cristianos hemos de tomar conciencia de que nuestra palabra, una palabra solidaria con todos los que sufren y con todas las víctimas del mundo, y especialmente si esta palabra va acompañada del sufrimiento por la causa del Evangelio, es una palabra que comunica la presencia del Resucitado, y hace partícipes a los creyentes en el misterio de Cristo. Para ello el autor de la carta utiliza una serie de términos sumamente significativos que expresan la íntima unión con Cristo por parte de los creyentes. Algunos de ellos son exclusivos de Pablo y contienen su prefijo preposicional favorito (en griego sun-, equivalente en castellano al prefijo com-), para manifestar que la fe es comunión profunda con Cristo al com-partir su muerte y su vida, al resistir firmes frente al mal para compartir con él su Reino. La vida y el reinado de Cristo en nosotros triunfará si somos capaces de morir con él y enterrar todos los males e injusticias de nuestro corazón y de nuestro mundo, si sabemos enfrentarnos con firmeza y con convicción a los desafíos del tiempo presente.

El Evangelio nos alienta en la lucha con el mal del mundo

Pero hemos de ser conscientes también de que la victoria está ganada por Cristo en su resurrección y de que él nos ha hecho partícipes de ella. Ése es el Evangelio. Por eso nosotros tenemos capacidad para enfrentarnos a todos los males, sobre todo, al de la injusticia de la humanidad que, agrandando el abismo entre los ricos y los pobres, provoca las migraciones de las poblaciones por motivos económicos o políticos, los 250 millones de refugiados y emigrantes del planeta, las embarcaciones masivas de migrantes en el Mediterráneo, la muerte silenciosa de las hambrunas del mundo y el progresivo empobrecimiento de la inmensa mayoría de la población. Pero el único instrumento para esta lucha contra el mal no es el uso de la violencia, sino la fuerza de la palabra convincente, la que procede del Evangelio, la que nada ni nadie puede someter, porque la palabra de Dios no está encadenada. Y además tenemos la certeza de que, aunque nosotros fallemos y seamos infieles, Cristo Resucitado permanece fiel y el efecto de su gracia en nosotros sigue vigente, tanto en Pablo como en los creyentes y testigos del Evangelio de toda la historia y también de hoy. Conocer este mensaje es abrir caminos de esperanza y de salvación entre nosotros y en nuestro mundo.

Gratuidad es gratitud y agradecimiento

Por su parte, el relato evangélico del milagro acontecido en el encuentro de Jesús con los leprosos revela aspectos esenciales de la fe que verdaderamente lleva a la experiencia de la salvación (Lc 17,11-19); el más sobresaliente es la gratuidad, como experiencia de gratitud y de agradecimiento en la vida humana. La fe se presenta aquí como encuentro personal y confiado con Jesús que transforma y libera a toda persona humana, independientemente de su lugar de procedencia y de su religión. Sin embargo, el Evangelio resalta que la salvación sólo se produce cuando desde la fe se reconoce el verdadero origen de la liberación y se agradece a Dios dicha intervención histórica.

Jesús es portador de una palabra liberadora de toda marginación

En el camino a Jerusalén, destino de la vida de Jesús, en la frontera de Samaría y Galilea, diez leprosos reclaman la atención y compasión de Jesús. Además de la enfermedad física relativa a cualquier afección cutánea, denominada generalmente lepra, aquellos hombres padecían la enfermedad aún peor de la marginación y de la exclusión social y religiosa. Sólo a distancia pueden dirigirse a Jesús implorando su misericordia, y él los envía a los sacerdotes, como instancia religiosa y pública que puede rehabilitarlos como personas dignas de la convivencia una vez producida la curación. Lucas da a entender que Jesús es portador de una palabra curativa de todo mal y liberadora de la marginación.

La fe es encuentro con Jesús, transformador de la persona

La fe es, pues, en primer lugar, encuentro con Jesús desde la fragilidad humana. Es un encuentro confiado que orienta a las personas a actuar según la palabra de Jesús. Y cuando esto se lleva a cabo se empieza a experimentar la maravilla de la transformación de la persona en virtud de aquel encuentro confiado. Esto es lo que le ocurre a los diez hombres leprosos que se encuentran con Jesús según narra exclusivamente el evangelio de Lucas. Todos ellos experimentaron la intervención primera y curativa de Jesús a través de su palabra. Sin embargo, no todos ellos percibieron su sentido más profundo, ni experimentaron la salvación.

La celebración de la salvación rompe toda frontera

A ello dedica Lucas la segunda parte del relato, en la que se narra cómo uno de los leprosos, un samaritano para más inri, es decir, un extranjero, se vuelve para dar gracias a Jesús y a Dios por lo acontecido. El milagro se relata siguiendo los parámetros de la curación de Naamán, el sirio leproso, narrada en 2 Re 5,10-17, que anuncia el carácter universal de la salvación, a la que Lucas también se refiere en el texto programático de la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16- 30). De este modo, un forastero se presenta como modelo de fe frente a los judíos. La fe auténtica, la que lleva a la experiencia de la salvación, requiere el reconocimiento personal e ineludible del origen de la curación de la enfermedad y de la palabra liberadora y rehabilitadora de la vida que se hace visible y público en la acción de gracias. Sin esta última dimensión no hay una experiencia de salvación. La experiencia de fe se manifiesta de forma gozosa en el agradecimiento a Dios. Por eso la gratuidad, que expresa el sentimiento personal de gratitud y lo celebra en la acción de gracias a Dios, es la nota sobresaliente de la fe plena.

La gratitud por el don de la salvación

La fe que salva es un tema recurrente en Lucas (la pecadora pública en Lc 7,50; la hemorroísa en Lc 8,49; el leproso samaritano en Lc 17,19; y el ciego de Jericó en Lc 18,42). El milagro del leproso samaritano en el encuentro con Jesús revela la insuficiencia de una fe meramente interesada o de una fe reducida a la contemplación de milagros. Reconocer el don de la intervención de Dios en nuestra vida lleva a la gratitud por el don de la salvación. Quien no da gracias nunca, aunque haya sido curado, no experimenta la alegría de la salvación. Hacer memoria de Jesús y darle gracias por su palabra, por su fidelidad y por salir a nuestro encuentro es necesario para gozar y disfrutar la alegría de los redimidos. La Eucaristía, memorial de Cristo muerto y resucitado, es el momento privilegiado de la acción de gracias entre cristianos, que nos debe impulsar, como al leproso que ha experimentado la salvación, a proclamar en alta voz la gloria de Dios en Cristo y en su palabra que cura y puede salvarnos. El refrán castellano también confirma el gran valor de la gratuidad y del agradecimiento por todo lo que la vida nos concede, especialmente a través de la fe en Cristo, cuando dice: “Es de bien nacidos ser agradecidos”.

La salvación universal ha llegado con Jesús resucitado

Así como la acción salvífica de Dios en la persona de Jesucristo ya no conoce límites ni fronteras con los seres humanos, la acción liberadora de unas personas hacia otras, de unos pueblos hacia otros y de unos Estados con otros debe hacerse rompiendo todo tipo de fronteras étnicas, raciales o nacionales. Con Jesús resucitado ha llegado la hora de la salvación y de la liberación de todo ser humano. Ése es nuestro Evangelio. Y esta palabra no está sometida a ningún tipo de cadenas ni de mordazas.

(José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura)