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Monseñor Pérez: “Hasta luego”

Pero la tarea está en el  “valle”, en la vida de cada día. Con la Ascensión, Cristo se despide con un “hasta luego” a sus discípulos…

Los 40 días de la resurrección de Cristo se cumplían el jueves pasado. En casi todo el mundo se celebra en este domingo la subida a los cielos de Cristo, porque no es día feriado el jueves de la Ascensión. Lo principal es celebrar este gran misterio de la vida humana y divina de Cristo. Este misterio de la Ascensión forma  una unidad con el de la Resurrección del Señor. También tiene buen sentido que lo celebremos este domingo dentro de la Pascua, y precisamente el anterior al envío del Espíritu que prometió Cristo e invitó a esperarlo en oración y sin dispersarse por el mundo. Las misas de todos estos días y la liturgia de las horas nos ayudan a prepararnos con la escucha atenta de la Palabra y las oraciones que se ponen en nuestros labios. La Ascensión es como el desarrollo del acontecimiento de la Pascua, su plenitud, que todavía “madurará” más con el envío del Espíritu Santo, Pentecostés.

La encarnación de Jesucristo se realizó con el sí valiente de María, cuando ella quedó embarazada del Espíritu Santo -la Iglesia celebra este hecho el día 25 de marzo-. Cristo nació de María y siguió creciendo, como dice el evangelista Lucas, “en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc 2,52). Ese crecimiento de Jesús -un gran misterio- era parte de su encarnación. Las distintas etapas de la vida son como nuevos nacimientos: nace el adolescente, en lugar del niño; nace el joven, en lugar del adolescente; después nace el adulto, y el proceso sigue día a día. ¿Cuándo terminó la encarnación? ¿Cuándo se completó el proceso? ¿Cuándo se puede decir que ya no se registraron novedades en la historia de Jesús de Nazaret? Pues desde el día de la Ascensión a los cielos.

La fiesta de hoy celebra la exaltación de la naturaleza humana que María engendró en su seno. Al contemplar a Jesús que asciende “entre aclamaciones” y “al sonido de trompetas”, como cantamos en el salmo responsorial de esta fiesta, podríamos hacer nuestras las palabras de Pilato: “He ahí al hombre”. Por fin la naturaleza encuentra su plenitud, su perfección, su acabamiento en uno de los miembros de nuestra raza.

Con la ascensión de Cristo a los cielos empieza la misión de sus discípulos de entonces y, también de todos los bautizados. El triunfo de Cristo es también nuestro triunfo. Los discípulos, unas quinientas personas, se quedaron “mirando al cielo”. Pero unos ángeles les dijeron a los discípulos: “¿Qué hacen aquí, mirando al cielo? Él volverá de nuevo”. Quedarse mirando al cielo es más cómodo. Como lo era para Pedro y  sus compañeros levantar tres tiendas y quedarse en la luz del monte Tabor. Pero la tarea está en el  “valle”, en la vida de cada día. Con la Ascensión, Cristo se despide con un “hasta luego” a sus discípulos. Cristo volverá, mientras tanto nos deja como misioneros o testigos de Él. Jesús “ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu” (prefacio III).

Sucre, 24 de mayo de 2020

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre

[Imagen: julioalonso.org]